Los papás sí tienen hijos favoritos, y no hay nada de que sorprenderse
- Leonardo García

- 23 ene
- 2 Min. de lectura

Está científicamente comprobado: La mayoría de padres sí tienen un hijo favorito. No se trata de cariño explícito ni de decisiones conscientes, sino de diferencias sutiles en el trato que, con el tiempo, pueden volverse visibles.
Un estudio publicado en la revista científica Psychological Bulletin analizó cerca de 30 investigaciones previas y bases de datos con casi 20 mil participantes, principalmente de Estados Unidos y Europa Occidental. El objetivo fue entender qué factores influyen en el favoritismo parental y qué efectos puede tener en la vida de los hijos.
Uno de los hallazgos más llamativos es que, en términos generales, las niñas tienden a ser más favorecidas que los niños, tanto por madres como por padres. Este resultado sorprendió incluso a los propios investigadores, quienes esperaban encontrar preferencias cruzadas por género o diferencias marcadas entre figuras parentales.
El estudio también encontró que los hijos con rasgos de personalidad asociados a la responsabilidad, la organización y la cooperación, lo que los investigadores llaman “conciencia” o conscientiousness, suelen recibir un trato más favorable. No porque sean “mejores”, sino porque suelen ser percibidos como más fáciles de cuidar y manejar en la dinámica diaria del hogar.
Los efectos del favoritismo existen, pero no son extremos. Según el análisis, las diferencias son ligeras pero consistentes, lo suficiente para tener consecuencias a largo plazo. Las personas que fueron favorecidas durante la infancia tienden a mostrar mayor estabilidad emocional, menos problemas de conducta y mejores resultados en relaciones personales y profesionales.
Sin embargo, los especialistas advierten que esto no significa que los padres amen menos al resto de sus hijos. En muchos casos, el trato desigual es inconsciente y responde a dinámicas prácticas, etapas de desarrollo o necesidades específicas de cada niño.
El sociólogo Martin Diewald, de la Universidad de Bielefeld, subraya que una percepción persistente de postergación sí puede dejar huella, especialmente en la autoestima y en la forma en que las personas construyen relaciones en la adultez. Por eso, la clave no está en negar que existan diferencias, sino en reconocerlas y manejarlas con cuidado.
Los autores del estudio aclaran que, al tratarse de un análisis correlacional, no se pueden establecer causas absolutas.
Aun así, coinciden en un punto central: lo importante es que todos los hijos se sientan amados, apoyados y valorados, más allá de las inclinaciones naturales que puedan surgir dentro de cualquier familia.




Comentarios